Opinión

Dame la mano

Elena María |

Hace muchos años fui la protagonista de un pregón, en el cual me llevaban de la mano enseñándome a amar la Semana Santa en cualquiera de sus facetas. Hoy yo te llevo a ti de mi mano. Hoy que no estás. Me dormías entre tus brazos susurrándome “Amarguras” y una nana que años después descubrí que era el solo de “A ti Manué”.

Paseemos por San Pedro, donde me presentaste al Señor, con el que ahora estoy un poco enfadada. Donde me enseñaste a vivir bajo su amparo y que ser pasionista es otra cosa

Yo descubrí la Semana Santa a hombros de mi padre. Jugando con sus pelos y quedándome dormida en su cabeza mientras pasaba un palio. Me enseñó a pedir cera y que en las de negro hay que estar callado y ahí no se saca la bola. Me enseñó que aunque fuera cubierta con un morrión en un mar de capas azules un hijo es inconfundible. Me enseñó que cuando te puede el sueño en una mudá, los bancos de San Pedro son una cama perfecta y que a la Virgen le gustan las rosas. Que los pasos andan de frente y que lo que importa es el que va encima, los demás estamos de paso.

Pero dame la mano, vamos a pasear. Por casa, por el salón donde los Martes Santo me vistes antes de salir a San Pedro. Cuantos caminos de tu mano… A la cocina, donde preparabas la mochilita de los Miércoles Santo para que no pasara nada con tanto calor desde tan lejos. Mi salvador de la Alameda Sundheim. Por tu habitación donde están las cajas de las túnicas que todos los años sacábamos y nos probábamos… y nunca sabíamos qué capirote era de quien. Por el balcón, a donde tantas veces miré para decirte adiós.

Paseemos por San Pedro, donde me presentaste al Señor, con el que ahora estoy un poco enfadada. Donde me enseñaste a vivir bajo su amparo y que ser pasionista es otra cosa. Es una forma de entender la vida. Vayamos al Polvorín, donde contigo he descubierto lo que es el amor incondicional, el querer a una madre como tuya porque es la devoción del amor de tu vida. Ahí, papá, me enseñaste el amor más puro y sin trampas. Ojalá algún día querer a alguien la mitad de lo que tú lo haces con mamá. Paseemos por la Concepción donde dejaste huella y una Señora Dolorosa que cosas del destino, ahora lleva sobre sus hombros tu hijo. Porque la familia soleana vive en mi casa. Y tu “Purita”, cuantas risas y cuantas vivencias. Si es que estabas “pa tó”.

Son tantas mañanas de Viernes Santo comiendo churros y tantas tardes de pasos en la tele. Tantas charlas sobre la hermandad en la cocina y tantas luchas “para el Señor”. Tanto trabajo por una rosa de los vientos y tanta vida entregada a una madre en su Soledad. Tantas noches de Diciembre apretando candelabros. Y ahora solo queda el vacío.

De poco valió aquella estampa del cabecero de tu cama. Quizás eras tan bueno y entregado que este mundo no te merecía, aunque a nosotros nos hicieras mucha falta. Pero papá la gente no se queda con el personaje, se queda contigo. Con tu risa, tu entrega y tu corazón que no es poco. Y eso es el mayor orgullo que nos queda a los que ahora nos acostumbramos a caminar sin tu mano.

Luis María, nos veremos, no te sofoques mucho y dame la mano de vez en cuando que sabes que a veces me pierdo. Te queremos más de lo que te podías imaginar, dale besos al abuelo y dile al Señor que se me pasará pero que necesito tiempo. Sabes como soy de cabezota. Nos vemos en el Saboy para subir juntos a verlo. Te quiero papi.


Homenaje de Elena María a su padre, Luis María Prieto

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